Lo que ví y viví en Circus Mexicus

La primera vez que presencié un Circus Mexicus fue como en el 2008, cuando aún se instalaban a un lado de lo que fue Sunset Cantina.  Me subí a la terraza del extinto bar Barra Vieja y desde ahí  escuchaba al grupo, “Es un evento solo para gringos” dijo una amiga y solo me esperé a unas tres canciones coreadas por los asistentes, “¡Orale si se las saben, deben ser famosos de ahí de donde son!” pensé.  Creí que el festival en ese entonces todavía solo llevaba el nombre de Roger Clyne and The Peacemakers. Desde entonces cada junio de verano eran notorios los días del concierto, más de 5 mil personas venían de Arizona y otros estados al Circus Mexicus, y la gente durante el día se podía ver en varias partes, en los restaurantes, paseando  y en la noche a cantar las rolitas de Roger Clyne  and the Peacemakers, y de los grupos que se iban sumando al festival, primero de dos días, luego de tres y ahora de cuatro.

Un tanto escéptica de asistir, acepté la invitación este año, sería interesante vivir la experiencia, pero si no iba también estaba bien, habría que dejar a las hijas con su papá y pensaba si valía la pena, al menos era un escape.

Viernes 7:00 de la tarde, pulsera naranja puesta en la muñeca, decenas de carros enfilados a los costados de la entrada de Banditos y Changos; nos bajamos Moka, Ariel, y yo de nuestro “Uber” (o sea un “raite” por Sami); los primeros cientos de asistentes relajados caminando por el lugar, comiendo algo, aparentaba ser un buen ambiente a pesar de que no llevaba  altas expectativas.

Había que pasar por el “stage” de Banditos y luego caminar unos metros de arena para llegar al stage principal  ubicado frente a los complejos turísticos, donde ya tocaba una banda, Los Pistoleros, entonces aprovechábamos para tomarnos selfies y también una cerveza de dos tickets,  cada uno de dos dólares , o sea de cuatro dólares que nos patrocinaba Ariel.

Toda la arena era para nosotros y esas pocas expectativas con las que llegue iban tomando chispa, me sentía libre como un Woodstock al que nunca fui, se sentía bien beber cerveza y llevar la camiseta del trabajo sin que nadie nos acusara.

El presentador entraba para anunciar al segundo grupo los sand quee?? Dijimos al unísono Moka y yo y reíamos en complicidad, de hecho reímos en complicidad toda la noche.  Eran los Sand Rubies.

Todas las rolas tenían un sonido parecido, comentábamos, y hacíamos nuestros reseñas mentales del por qué y la fusión de estilos, a mí no me quedaba más que hacer eso con mi poco entendimiento del inglés, pero igual disfrutábamos con ver a las  personas felices bailando libres, bailando “country”, bailando como sea.

Había adultos de 60, parejas de 40, niños en sus sillas de playa,  y cada vez se acercaban más  asistentes. Llegó el turno de The Black Moods,  el grupo que ya echó raíces en Puerto Peñasco y que siempre es seguido por sus fans. Aquí no fue la excepción, de todos lados se dejaban venir para acercarse a la vez que coreaban las canciones, ni tan suaves ni tan duras, piezas entrañables que cantaban apasionados los seguidores, que no son cualquiera, son seguidores que además de los conciertos se los encuentran en lugares comunes de Arizona. Fue un evento con mucha gente, pero con algún grado de  amistad y cercanía, al menos eso se dejaba sentir.

Mi estancia cobraba sentido, si al menos no era una “fan”, pude percibir ese ambiente de cofradía, los Black Moods dejaron listo el terreno para el grupo de la noche, el grupo que revolucionó este evento y lo volvió un festival tradicional. Al escenario subía Roger Clyne y sus Peacemakers, relajados y dispuestos, entregándose en cada canción.

Caminé hasta acercarme al escenario y ahí estaban, el guitarrista de lentes oscuros vestido de vaquero con su Gibson,  los trompetistas que se convertían también en percusionistas, el bajista siempre a la derecha de Roger y el baterista de ejecución soberbia le dejaban el camino libre al cantante que se acompaña de su guitarra.

“Baby, baby, I could call you baby if I weren´t so green and dumb,” así rezaba un coro de una de sus canciones,  la que todos coreaban abrazados de su pareja, de su amigo, o de algo; y sí,  yo no entendía lo que decían sus canciones pero si las acogí y entendí entonces porque tanta gente y porque siempre vuelven.

Algunas canciones eran para estar de pie, otras se podían disfrutar sentada en la arena aunque eso implicó quitarme al menos unos 4 tobosos del trasero que después quedaban en mis manos y después de nuevo en la arena.

Pasaban cinco horas y era hora de regresar no sin antes ir por unos tacos previo a dormir, y ahí fue cuando me respondí a lo que en un inicio me pregunté y sí, si valió la pena, las expectativas fueron superadas y eso que solo fue un día de cuatro, el cuarto día terminó en la Cholla frente al mar.  También hacen sus torneo de futból y se abren varios foros para nuevos grupos,  así que el año próximo habrá que aprovechar el descuento que hacen a los locales para que acudan al concierto que más gente reúne  y que siempre dejan algo al puerto por ser el escenario.   www.circusmexicus.net

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