Conversatorio en Casa de Playa con Ramsés.

Estamos muy acostumbrados a estar sobre estimulados muchas veces, prestar atención a algo por mucho tiempo nos causa una sensación  de picante ansiedad; vemos el teléfono,  platicamos, nos movemos, bebemos, tomamos fotos, nos tomamos fotos (muy importante) estamos pendientes de quien alimenta al ego con un like (como mínimo) presumiendo lo bien que la pasamos, por chat, live… lo que sea.
Si algo no nos entretiene por lo menos nos debe causar risa (un ejemplo  de eso es el desasostrozo caso de Amy Schumer y su especial en Neflix, que gracias a ella quitaron el rating de estrellitas a las películas)
Entonces tenemos la invitación  de ir a la casa de la Playa a escuchar a Ramsés Chaira: Conversatorio: Poemas e imágenes, desierto, arena y sal de mar. Una velada tranquila que prometía ser más del tipo contemplativo. No, no es como la Ocaña (monólogo genial, muy chispa), ni tampoco como el Autillo (un poco mas serio, pero también muy recomendable). No, tampoco es una simple lectura de poemas… es… un conversatorio, no hay más.
Honestamente  no sabía qué pasaría. Sólo fui porque Ramsés me cae muy bien, lo conozco como actor y se me hace que es muy bueno,  y si puedo apoyar aunque sea en pequeño a sus proyectos, pues qué mejor. Iba con la mejor disposición, aunque fuera después, al terminar, echarme una o dos cervezas con Ramsés.
Luego, un jueves de luna llena, llegue a la Casa de la Playa (que funciona eventualmente como foro artístico).  La tarde con matices  de colores rosa y dorados, la luna colándose entre dos palmeras, y todos afuera en la terraza esperando, fumando, platicando, viendo como enterraban en la arena las hijas de Susy  al niño de Julieta.
Por la cara que tenían todos, supe que nadie tenia una idea de lo que iba a ocurrir.
Ramsés vestido de lo que se me antojo como vaquero urbano chic, de corte “business on the side party all over“(una combinación  de mullet con mohawk) y una camisa muy fresca de estampado  tipo árabe, siempre con esa cualidad de renovarse y reinventarse, pues nunca lo he visto igual. Pero ¿por qué hago mención de esto? Porque nada de lo que traía puesto no me dio una pista de lo que iba a ocurrir ya en el foro, pero sin duda, ahora que lo veo en retrospectiva, por supuesto que venia vestido para la ocasión; bases norteñas, de hombre nómada del desierto. O una vibra así me llegó.
Para el conversatorio: un micrófono,  una silla, su computadora, su cuaderno, unos poemas escritos a puño y letra (cuatro, para leer y regalar, obvio me quedé con uno),  y un proyector.
Todo parecía muy serio, y Ramsés, un tanto nervioso. Era la segunda vez que hacía un conversatorio, y empezó rígido, como emulando la silla en la que estaba sentado, con todos frente a él, que trataban de disimular la cara de intriga. Preguntó si captaban bien lo proyectado, y todos torcieron el cuello. Las imágenes se proyectaban al frente, en la pared de su derecha (izquierda para Ramsés), así que tenían que asomarse.
Yo me senté, en un sillón (al que bauticé como el área VIP), que me daban las imágenes justo de frente, y Ramsés y espectadores los tenía de perfil. Guardé el teléfono, pedí una sangría de treinta pesos, bastante fresca, también había agua fría y té helado para quien quisiera. El caso es que todo estaba frío ahí, incluso el ambiente. Los aires acondicionados estaban a full. Durante todo el tiempo que duró el evento, de pronto veías a uno que otro sobándose los brazos, tratando de aplacar la piel de gallina provocados por las ráfagas de aire helado. Yo no me quejé, ese gesto lo agradecí infinitamente (claro, estaba rodeada de cojines y traía un chalesito).
Prendió el proyector y con unas imágenes,  empezó a  platicar de la historia  de la foto, la que sigue… y lo mismo… y yo me quedé con la impresión  de presenciar un slideshow de “mis vacaciones en Sonora” o una explicación  “audiovisual ” de flora y fauna tipo el centro de visitantes del Pinacate (que con el perdón de todos ustedes, sí, es muy interesante, ¡uy! que divino, pero ir hasta allá, a sentarte en una sala a ver películas y fotos, me aburre una barbaridad).  Por breves instantes, cruzaron esas ideas mientras él narraba, como si de una ficha turística se tratara. Pero ese sentimiento se evaporó en un tronar de dedos cuando lo escuché  decir «guión». Eso me trajo de vuelta, y leyó un pensamiento alusivo al lugar, lo que se le había ocurrido cuando estaba parado ante los paisajes que nos presentaba en las imágenes. Luego un poema que escribió a raíz de eso.
Así, intercalaba lugares, poemas y explicaciones. Creaba un ambiente desde el punto de vista visual,  emocional, y creativo. ¡Sorpresa! Aquello me iba gustando al mismo tiempo que Ramsés  se iba sintiendo más en confianza, y fluía como… en una conversación.
Era como un detrás de cámaras del proceso creativo,  mezclado con una entrevista con cierto grado de intimidad.
Me deje llevar por el viaje. Y sin duda lo disfruté. Me di cuenta de lo poco que sé,  de lo poco que conozco y de lo cerca que estoy de todo eso;  y me sentí culpable y animada por ni siquiera  hacer el esfuerzo de buscarlos. Saboreé el calor, la arena, el gusto de la pátina, el aroma de lo antiguo. No solo es la presentación, es un ser humano en el lugar, experimentando ser humano.
Lugares con vistas e historias impresionantes, como la que parece es la Virgen de la Asunción,  pero en realidad es la Virgen del apocalipsis en la iglesia de Pitiquito (para quien disfrute de inventar historias tétricas del fin del mundo, ahí tienen), también hay un enorme demonio dibujado en un pilar. En otra iglesia, hay una pintura de la virgen de Guadalupe que se dice fue realizada por Miguel Cabrera, el autor del famoso e icónico retrato de Sor Juana Inés de la Cruz, (por supuesto, resguardada como otras piezas de arte sacro). Un gigante dibujado con estilo y una línea impecable, uno de los tantísimos  petroglifos en La Proveedora, en Caborca.
También de un lugar donde aparentemente  no había nada, sacó la historia de El Zorro. No sabía que fuera sonorense, siempre pensé  que era de California,  durante el virreinato. Pero no, al parecer y según lo que nos contó Ramsés, su nombre  era Joaquín Murrieta y era de San Rafael del Real del Alamito, de Trincheras. Robaba allá,  en California, buscando a los cuarenta hombres a los que juró dar muerte, porque mataron a su esposa y a su hermano,  y el botín lo repartía entre los habitantes de dicho lugar . Hoy ya no queda nada ahí, más que las terrazas en los cerros y las historias. Dicen que solo logró ajusticiarse a treinta y nueve. El uno restante, se me antoja como para historia de fantasmas y espíritus vengadores, pero nada de eso dijo Ramsés, así que queda el misterio.
Nos habló de caminatas tradicionales con amigos, de mandas, de la Ruta de las Misiones y las experiencias místicas en el camino; de sus viajes de locura y aventura con otros amigos. Siempre con el oído y el ojo atento. Las cheves con música y fiesta, y por otro lado, las tortillas de harina con frijoles en hornillas bajo los mezquites.
Poemas, pensamientos. La energía creativa que emanaba (aun en imagen) de los lugares.
Me encanto cuando hablo de la sh, silbada, típica del tonito norteño. Como la cashora, que por el calor, saca el aire como en un seseo, así también la gente. Es un asunto de ambiente, de adaptación al entorno.
Un Ramsés múltiple y uno mismo, (como todos, pero luego somos necios y solo queremos ver una sola faceta), justo como iba vestido; hombre de desiertos, con toques lejanos, vaquero urbano, sonorense hasta la lengua.
Ya cerrado el conversatorio,  en la comenta en la terraza, con cigarrito y sangría en mano, alguien le hizo la observación de que presentara algo al principio, a lo que Ramsés  respondió  que tenia pensado iniciar con un perfomance. En el momento me pareció interesante la idea, incluso creo que con entusiasmo hubiera aplaudido con un «pero por supuesto», pero ahora siento que le añadiría  abstracción a  una presentación de carácter más bien íntimo.
Tal vez no la silla de madera tan rígida, tal vez no la elevación tipo foro, tal vez quitándole formalidad a algunos elementos. Caminar, adueñarse del espacio, soltarse, sentarse en la orilla de la tarima, meterse entre la gente,pero quien sabe, habría que experimentar, porque podríamos confundirlo con una obra, sin embargo ¿eso tendría algo de malo? Digo, viniendo de un hombre de tablas tan camaleónico e imaginativo como él.
Me gustó, de verdad que sí, ¿que si podría mejorar? Seguramente ¿Cómo? No sé, habría que experimentar.  Mientras tanto, los espera en Caborca, con todo y sugerencias.

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