Un juglar se aparece en la Plaza de Armas

Por Carlos Sánchez, colaboración especial

Álamos.- En el medio de la Plaza de Armas, encima del kiosco, los personajes y leyendas atrapan la atención de los niños, jóvenes, adultos. Pasa el señor de sombrero y al escuchar la voz del juglar sus pasos cesan. Una señora abandona la cubeta que carga, fija su mirada hacia el interior del quiosco, sus oídos prestos para atrapar la historia.

La historia, las historias, vienen desde la voz de Julio Patricio Cárdenas, profesional de la actuación, apasionado de su vocación de juglar.

En el arranque de sus narraciones sobre personajes históricos y leyendas de Álamos, las cuales incluye el programa del Festival Cultural Alfonso Ortiz Tirado, el cuentacuentos advierte que más tarde contará aquella historia que ocurrió en Las Delicias, ese mítico lugar representativo de Álamos.

Los presentes afinan sus oídos, inevitable la risa ante el movimiento corporal, el tono de voz, la gesticulación de quien cuenta:

“La historia dice así: hace mucho tiempo, un mercader hacía su trabajo: compraba, vendía, compraba, vendía, compraba y vendía, este mercader, en una ocasión fue a hacer su trabajo hacia la lejana China, e hizo lo que sabía hacer, compró y vendió, compró y vendió, compró y vendió…”

Al ritmo de las palabras los niños para encontrar un ave de gran plumaje, treparse en su vuelo y andar por el cielo de Álamos.

Fueron pasando los minutos, las historias para contarse, los aplausos a la par de la risa. De pronto, la magia, un indigente que protesta, que increpa al cuentacuentos, de mentiroso lo tilda, porque “Eso es mentira, es mentira”.

La habilidad que da la vocación, el juglar improvisa y de pronto ya el indigente es parte de la historia, la adaptación inmediata, la conmoción para el que cuenta, para el que escucha, para el mismo indigente convertido en personaje y en parte toral de la historia que a la postre llega a final feliz, con el grito como cerrojo del cuento dicho por el mismo vagabundo: “La locura, la locura”.

La locura, más que un cuento contado en público, la conclusión de lo que es el amor, y esta frase como respuesta a la pregunta expresa del juglar.

En el kiosco de la Plaza los murmullos, efecto directo del espectáculo antes escuchado, las historias que tal vez se queden para siempre en la memoria. Y allá, sobre los adoquines de las calles de Álamos, el juglar y su soledad, el instante posterior a la adrenalina que genera ejercer el oficio a partir de la pasión.

Más tarde, en torno a una mesa de restaurante el cuentacuentos ya sin antifaz, Julio Patricio Cárdenas contando el origen de su oficio, y remitirse entonces a los años de infancia, cuando el abuelo materno le contaba a él y a su hermana las historias que, bendita memoria, ahora cuenta para los niños que lo hacen ser también y de nueva cuenta, un niño.

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