Un clavado con buzos en Puerto Peñasco

Como no tenía idea de que en esta ocasión también tendría que echarme un clavado y nadar para llegar a un bar en la playa, llevaba conmigo lo indispensable para acompañar y documentar al grupo de buzos que tendrían un día de práctica: traje de baño, ropa cómoda, sandalias y un poco de bloqueador.

Para que dieran los tiempos, en modo cronometro fui a dejar a mis hijas a las oficinas de Casa de Cultura casi una hora antes de su entrada al campamento (previo acuerdo) y me dirigí al muelle de FONATUR  casi corriendo por que era justo la hora a la que había citado, pero al ver al capitán Oscar Preciado del Del Mar Charters  caminando  del barco relajado, y a pocas personas en el catamarán “Tempo”, reduje la velocidad y bajé tranquila el pasadizo que me dirigía a la nave.

Ahí estaban algunos de los que se sumergirían a las profundidades checando su equipo, aparentemente relajados. Esperamos unos minutos a que llegaran más personas y cerca de las 8:40 de la mañana, once personas nos dirigíamos a las costas de Sandy Beach, no sin antes admirar la majestuosidad del yate “Alcalá” atracado en el muelle y en el que se paseó por algunos días Emilio Azcárraga, “el Tigrillo”, dueño de Televisa.

Y ahí íbamos, mar adentro con el sol de techo que hacía su efecto sobre las pieles y las humanidades de los que ahí viajábamos. Bob Marley sonaba de fondo poniendo de buen humor a los exploradores de profundidades. Por mi parte solo iría a observar y hacerme de datos para escribir una nota.

Antes de llegar al lugar donde pararía la embarcación, justo a unos metros de la escollera de lo que se supone será el Homeport, nos recibió un trío de delfines que brincaban y hasta parecía que danzaban, y solo al momento justo de sacar los celulares y teléfonos, se sumergían. Fue un espectáculo de buen augurio que mantuvo el ambiente de eco-felicidad en los paseantes, que en coro español-ingles gritábamos ¡Aw que bonitooos ¡, ¡so cute! Y así.

Ocurrió el momento de prepararse para bajar. Cada buzo “se ponía buzo”,  empezando con Dive Master José Flores de Rocky Point Divers; los buzos tomaban su lugar y empezaban a reunir su equipo (nada liviano) que constaba de: chaleco compensador con un montón de partes y bolsas para adaptar mas piezas, botas ajustadas, visor,  snorkel y tanque de oxigeno que soporta hasta 300 libras, con lo que habrían de sobrevivir.

Desde mi papel de observadora, me quedaba sorprendida de todo lo que se estaban colocando y traté de ayudar un poco a Sami porque su bolsa estaba lejos, y con tanto peso encima no podían moverse fácilmente. Se apreciaba un trabajo de equipo; los buzos, ya todos con experiencia básica, se ayudaban entre si, y los ánimos de ellos ya eran distintos. Estaban en modo de preparación y podía ver como el gesto de sus rostros cambiaba un poco.Listos para aventarse.

Vi en su semblante reflejada la adrenalina y los nervios, aunque es una gran aventura, el buceo conlleva un riesgo; respiran de forma artificial y hay que seguir los parámetros de respiración, así como respetar los tiempos de profundidad para salir bien, eso entre muchos otros detalles que siempre tienen presente hasta los mas experimentados buceadores .

Tocaba el turno de las chicas para prepararse. Luego de ponerse el visor y las aletas, seguía el snorkel, y a la vez que se preparaban, yo entraba en un clima de asfixia  (ya saben, se me da eso del teatro y la sororidad), hasta que llegó el momento de aventarse. No sabía si solo ver, tomar  foto o un clip de video, pero parecía que estaban libres del momento de tensión. Luego, ya en el agua, volteaban a ver al capitán y con el puño en la cabeza enviaban la señal de que “todo bien”.

Y así, yo miraba cómo iban aventándose unos y otros (algunos con menos suerte pero se resolvía), hasta que quedó el instructor Jim, a quien Oscar Preciado el capitán, le apoyó. Luego, este último, se equipó y aventó sin necesidad de ayuda.

Me quedé sola en el catamarán. Me despoje de mis ropas y quede en traje de baño cual película de la Reyna del Sur o Home Alone con un  freezer lleno de cerveza  y mirando a todos lados. Después, una chica que  venia en el barco y que practicaba snorkel, me prestó su equipo y me sumergí unos minutos cerca de la escollera. A solo unos treinta centímetros bajo el mar pude presenciar la existencia de al menos unas cinco especies de peces que nadaban cerca de las piedras, de diversos colores y tamaños y cardúmenes de pececitos diminutos que no se dejaban tocar.

¡Qué belleza! ¡Era increíble lo que podía ver! Aunque mis exclamaciones de emoción submarina eran sonidos graves que subían a la superficie, y que me provocaban una risa acuática aun más grave.

Regresé al barco y al subir la escaleras me dije “no mas cigarros para mi” ( de mentiritas). Así uno a uno iban emergiendo y subiendo, hasta estar todos a bordo, completos pero fatigados. Los buzos con éxito en esta primer rutina contaban lo que habían visto: los tipos de peces y la vida marina que había entre las piedras verdes mas profundas de la escollera, también trajeron algo de basura encontrada en el fondo como bujías, pesos para la caña de pescar, latas y más.

Los buzos, después de recuperarse (sobre todo Theo que quedo desparramado en el piso vociferando su agotamiento), se sumergieron de nuevo y regresaron sanos y salvos, listos para lo que seguía.

Parte del plan era nadar hasta el restaurante-bar Wrecked, todos con sus botitas de buce ajustadas, menos yo, que nade descalza hasta llegar por piedra a la tierra de Sandy Beach y Cynthya flotando en un chaleco.

Después de los alimentos (y de darle de comer papas a un topo), regresamos nadando, pero esta vez cerca de las 2:20 de la tarde el sol ya había dejado su furia en la arena y tuvieron que cargarme en hombros cual muñeca de trapo, hasta llegar a la escollera, la cual avancé  hasta que las plantas de mis pies no lo soportaron y tuve que tirar una pieza de mi ropa para poder pisarla. De nuevo Oscar el capitán y buen samaritano, me llevó sin mucha dificultad al mar, para de ahí, ya regresar nadando con todos al barco.

Ya de regreso, sentadas  en la parte frontal del catamarán como vacacionistas pudientes, más felices que cansados, se conversaba sobre lo vivido. No era una competencia, casi todos habían pasado una tarde de espectáculo submarino y lo mejor era guardar en la memoria  un poco y hablar otro tanto.

De regreso al muelle, fui la primera en bajar sin despedirme mucho. Solo dije gracias y subí a mi vehículo para cambiar el chip, para enfrentarme a un grupo de niños y  pre-adolescentes, e impartirles su clases de teatro con las ropas aún remojadas y la espalda bronceada.

 

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