Órbita de los elementos: lugares de emoción

Por Carlos Sánchez / sonarquevemos@gmail.com

Me sumerjo en las páginas. La lectura de pronto me hace ser un niño con los ojos cerrados, aprieto los ojos y me encuentro de manera directa, implacable, con los sentidos. Y ahí estoy, en un ejercicio de introspección. Permanezco en ese afán de sentirlo todo, de verme transitar el interior como un espectador que acude a la butaca de su nombre a observar la película de su vida, a sentir los latidos de su historia.

Sentido se llama el primer poema de estas páginas que por título lleva libro y se apellida órbita de los elementos. Órbita, nombre con tino y certeza de la libertad para construir la poesía.

Digo libertad porque Ignacio Mondaca, el poeta, el Nacho, autor de esta órbita, de pronto se brinca las trancas, o no se las brinca, hace un recuento de todas esas referencias que tiene de la poesía y decide, no sé a qué hora ni en qué momento, hilvanar palabras en prosa y que son un poema. Muchos poemas.

En prosa y no en verso. Estructura que me llena de esperanzas, porque desde siempre me han incomodado las ortodoxas, los cánones, las reglas aunque sean en la literatura, y como siempre me han incomodado porque lo importante de los libros no son el género, los géneros, si no lo que allí se diga, y todavía más allá, lo que ellos mismos nos hagan sentir.

Y es entonces que mientras leo, agradezco la existencia de la poesía así, en prosa, sin la estructura convencional que es el verso. Lo agradezco porque entonces un extra como un regalo es el ritmo mismo impreso en los párrafos, con la métrica misma que emana del escritor y en cada renglón nos la comparte, en cada una de sus oraciones.

De pronto, dentro de esta prosa la poesía para retratarnos muchas imágenes, un pájaro que vuela, algunos desfiles de desánimos en la nómina de las maquiladoras, infortunio, cicatriz de la cartografía. Estas son citas de las cosas que vienen dentro.

Y todavía más, en esta órbita un paseo por la urbanidad y su tráfico, la estridencia, un rondín por los valles, el desierto, lo que todo cabe como en un jarrito sabiéndolo decir.

Mondaca lo dice y en este construir de poesía está el bagaje, la búsqueda, la honestidad que también, y tan bien, retrata con la mirada, con su manea de ir por el mundo y ahora, y qué bueno, haciendo, diciendo poesía.

En este poemario Nacho que es autor desgrana la mazorca de sus emociones,  las comparte, hala de la hilaza en esa flor bordada sobre la manta, esa flor colorada y de trazo perfecto que nos contaron nuestros padres, Nacho en su irreverencia nos entrega otras historias, todas ellas apegadas a sus conclusiones filosóficas, Nacho se llena de libertad y nos muestra los otros caminos, aquéllos que no nos mostraron los abuelo, aquéllos que nos dijeron que no deberíamos andar ni desandar.

Aquí los ojos del poeta puestos en la trascendencia de lo que aparentemente es cotidiano y común, aquí las oraciones para magnificar y dar un vuelco a la rutina, a lo que ya nos pasa desapercibido, y ejemplifico en este ejercicio de observar y escribir, cito: El cascabel se agita en el arroyo, inicia así la función del performance sin público aparente y, ciertamente, sin aplauso.

Allí la magnificencia a la que me refiero, un reptil arrastrándose ante nuestros ojos, un vuelco a su existencia y convertirla en expresión artística. Allí los sentidos aguzados para volver a la maravilla de los ojos de niño dentro del mundo y tocarlo, volcarlo, con palabras.

Aquí, desde mí como lector, la gratitud por este poemario que desde su primer texto me ha hecho saber que adentro de mí existe una órbita. Gratitud para con estos elementos que surgieron en prosa para construir la poesía.

(Órbita de los elementos, Mantis Editores-IMCA; texto leído en la presentación en marco de la Feria del Libro 2012).

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