Me congelo por un tenor. Arturo Chacón en el FAOT

Estuvimos alrededor de cinco horas a la intemperie helada de Álamos,  para no perder lugar y escuchar el concierto de Arturo Chacón. Sólo porque saliendo de la función de cine lo escuché haciendo el soundcheck.

« ¡Qué hermosura! ¿Quién será? » Yo salía de ver La Perla en el Museo Costumbrista (función especial de la película restaurada a fondo; fotograma por fotograma, de la Cineteca Nacional), cuando La Traviata resonaba con violencia por toda la plaza. Pieza clásica pero indispensable (esa y La Donna e móvile, son de las  más populares). A media marcha se escuchó muy opaco, y entonces pensé era una grabación o u video con los éxitos operísticos, o una muestra del concierto de la noche, (y me pareció muy atinado, pues al fin y al cabo es un festival cuyo eje es la ópera). Por eso me dirigí al escenario, además que un payaso callejero insistía en ponerme los nervios de punta y, mejor salir de ahí (eso sí, una de mis operas favoritas es Pagliacci).

Paré en seco al ver en el escenario a Arturo Chacón en forma y figura (eran las seis y media, cuarto para las siete y el concierto estaba programado para las diez de la noche), sonriendo aun con cara de cansado y cantando ahora Funiculí Funiculá. Me pegó en lo hondo de mi asombro por dos cosas, primero porque eso es lo que yo esperaba del festival: voces divinas que me guiaran por las calles, para llegar a toparme a los artistas casi de frente. Segundo porque pensé que me lo había perdido.

Estaba haciendo el soundcheck con la orquesta, de ahí que luego se oía raro, opaco o distante. Saludó a los algunos que estábamos ahí escuchándolo y una vez obtenida la meta acústica se despidió «¡Nos vemos en la noche!» (con esa confirmación recuperé la compostura).

Yo sé que la sonrisa no era para mí, pero me la tomé personal, y no solo eso; en la noche, cuando cantó y que yo estaba parada justo frente a él, decidí auto dedicarme dos de sus canciones a modo de serenata.

Las sillas se llenaban y nos quedamos en unos escalones cerca de las primeras hileras. Luego unas señoras nos dieron lugar porque alguien no iba a venir y ahí nos sentamos; en la segunda fila, casi en medio. No iba a dormir, no me iba a morir congelada por escuchar la voz de Arturo, para mi gusto una de las mejores del festival (llevaba nada más  un abrigo, y la gente andaba de peluche, gorro y guante). Fue un acto consiente, discutido y concluído conmigo misma en el cortex prefrontal.

Avisaron que con el gafete de prensa, podríamos tomar fotos por tres canciones. Hice algunas fotos y en cuanto empezó a cantar E lucevan le stelle guardé la cámara. Entró el sonido por mi oído y se anidó en el centro de mi cabeza. No estaba compitiendo por ser fotógrafo de Magnum y mejor disfruté de esa serenata (auto regalada) totalmente abstraída. Lo tenía ahí, justo en frente, a escasos metros, sin valla ni nada, solo el breve respeto al espacio (en área de prensa, por supuesto). La voz, aparte de salir por las bocinas, sentía que sus vibraciones me pegaban en el torso. Fue grato y aterciopelado. La orquesta sonaba preciosa. No había un ruido de más en el ambiente.

Y de pronto, estaba sola. No supe desde cuándo, pero me lo indicó el frio que sentí en los flancos y la espalda. Los fotógrafos se habían disipado y yo no me moví hasta que acabo de cantar y se volvió para agradecer a los músicos.

Aún me quedé por ahí (sin estar en medio, solo me hice unos pasos a la derecha), suspendida entre pulsos con Core n grato y la orquesta simulando rizos de viento en cielos azules.

Pude ver sus ojos concentrados en la melodía, los cabellos que a pesar del gel brincaban, sus gestos en el momento en que la canción  le pedía salir de lo más profundo de las entrañas, de ese lugar en el centro del cuerpo que se contrae y exprime para sacar el aire y la voz.

Definitivamente no iba a ser igual si lo hubiera visto desde el segundo piso en Palacio Municipal, que en la segunda fila en Plaza de armas, que ahí parada como lela entre cámara uno y cámara dos. Algo que agradecí infinitamente. Comprendo fue algo único e inmejorable.

En la rueda de prensa había dicho que empezaría con Funiculí Funiculá porque veinte años atrás era la que había cantado en el FAOT cuando era un joven que había vendido su estéreo para ir a conseguir las partituras a Italia. Paso de ser un joven talento, a un tenor reconocido que venía de Moscú con la Traviata, que volaría después a Estados Unidos a presentar Rigoletto y que fue galardonado como Sonorense de 100 (¡sorpresa! este tenor internacional es de Navojoa). También anunció que este habría de ser  un programa muy completo y hermoso, de los mejores que ha armado. Lo cual me pareció atinado; lo entendí como algo ecléctico y complaciente. Incluida Granada y Sonora querida, había Chacón para todos.

Que alguien (una señora) dijera que “pues canta bonito” me pareció un comentario superficial incluso ofensivo. En un Festival dedicado a la opera no deben invitar a gente que “pues cante bonito”, sino que resuene, que conmueva; que desolle con la voz (y no que parezca que le están desollando, muy diferente). La gente que “cante bonito” debería de quedar relegada exclusivamente a los karaokes, más que nada por pura decencia.

«Pero imagínate que bonito se oiría que cante unas de Pedro Infante», a lo que su compañera remató con un «Esto es puro trámite. Ahorita viene con mariachi».  Suspiré. No quise ni ver quiénes eran. Perdón pero mariachis, en cualquier lado; estas interpretaciones por estos rumbos, en el Canal 22 y a veces, pero sin el mismo impacto.

Bien lo dijo en la rueda de prensa; aún el público no está tan preparado para un cantante de ópera, le tienen un poco de recelo o temor (a que no venda supongo), pero sí para un cantante de ópera que cante mariachi. Por ende, ya tiene disco en puerta y palenque para este año.

En la segunda parte, la estridencia del mariachi contrastó alegre con la orquesta suave y satinada. Arturo Chacón salió con sombrero en mano, más gel en el cabello, ataviado de charro, y cantando con toda el alma al público anhelante que desfallecía con “Mátalas”.

Como dijo Erika Tamaura, que estaba sentada junto a mi (y cito): Es un rockstar y él puede hacer lo que quiera.

Y aunque esté de acuerdo, yo me quedo con E lucevan le stelle y con Core n grato, pues como dijo Buika en su concierto; me gusta sufrir.

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