Hablemos de la Orquesta Filarmónica de Sonora en el FAOT

Ya la había escuchado la Noche de Gala del sábado 20, cuando entregaron la medalla Alfonso Ortíz Tirado a Rebeca Olvera, pero entonces dediqué mis oídos a la soprano, dando por sentada (malamente, lo reconozco) a la orquesta que la acompañaba.

No había prestado mucha atención hasta que Arturo Chacón, en su concierto, hizo la mención de que era una orquesta joven, y que comparada con orquestas centenarias de otros países, como la de Londres, ésta tiene la misma calidad. Ahí paré mis orejitas para apreciar mejor.

Fue cuando estuve de pie el el área de prensa frente al escenario, cuando la voz de Arturo Chacón me pegaba de frente, la música de la orquesta bajo la dirección de David Hernández Bretón sonaba con energía y me envolvía con tanta naturalidad que parecía parte del sountrack de mi vida.

No había tenido la oportunidad de escuchar a la misma orquesta en escenarios distintos y con directores diferentes. Con la batuta de David Hernández en el exterior, tiene un elegante brío juvenil, coqueto y brillante (quizá me vi influenciada por eso de que dijo que era una orquesta joven). Pero días después la escuché en el Palacio Municipal, con el maestro George Hanson. Mi vasto lenguaje se reduce a expresarse en cuatro simples sílabas: FE NO ME NAL.

Mi mente sufrió una explosión con aquel ecualizador humano que controlaba tiempos, tonos, volúmenes, intensidades, rudezas; sentí como aquella orquesta pasó de un high quality mp3 a un LP. Con George Hanson era un sonido maduro, sofisticado y con esa sensación de confort y frescura que ofrecen unas sábanas de algodón egipcio.

La orquesta llevó de la mano a Ariadne Montijo a interpretar Júrame al límite del paroxismo. La piel chinita masiva avanzó como una ola desde las primeras filas hasta el segundo piso del Palacio Municipal que fungía como teatro. Todos lanzaron su torso hacia adelante o abrían los ojos impresionados; se tapaban la boca para no dejar escapar ningún sonido que pudiera interrumpir. Ariadne sintió la canción correr por sus venas y se convirtió en una diva (al grado que me olvidé del vestido poco favorecedor que traía). Yo me quedo con esa noche como la noche de clausura. Preciosa y de audio glamuroso.

Dos directores diferentes que sacaron a relucir dos facetas de una orquesta, y que extrajeron lo mejor de una soprano y un tenor (Arturo Chacón, días antes). Estaba maravillada por presenciar eso (y lo sigo estando).

Ahora bien, ¿qué paso con Mijares Sinfónico en el cierre? No tengo idea, pero fue aberrante y una grosería lo que le hicieron con la Orquesta. Ese día, estaba yo bastante molesta por como había quedado relegada a un sonido que bien podía haber sido una grabación. Sonaba sucia y amateur. No quiero creer que es culpa de los músicos, no dudo del talento en ningún momento ¿cómo hacerlo si días antes me habían arrobado con cada acorde? La verdad es que sin deberla ni temerla, yo le echo la culpa al mismísimo Mijares, que incluso salió con desgano (fans de hueso colorado aseguran que no era desgano sino seriedad extrema, un rasgo de su personalidad).

Cada concierto debe ser único, tener algo especial, en atención a la gente que asiste y para la envidia de los que no pudieron estar. Mijares (y/o su grupo de personas selectas que se encargan de su sonido particular), pudo haber hecho de ese concierto algo increíble dejando que la orquesta se luciera para hinchar el pecho de los alamenses y sonorenses. Ese fue su momento de dejar huella y lo que dejó fue hueva. Fue un concierto opaco, abúlico (claro que sus fans no lo vieron así, ellos lo gozaron totalmente), la pista con coros que traía, parecía pasar por encima y pisotear todos los instrumentos en el escenario; todo menos de la melodiosa voz del Soldado del Amor.

Lo siento, pero así no puede ser como cierre un Festival de música  la Orquesta Filarmónica de Sonora. Si el señor no puede hacer una prueba de audio ni siquiera por Skype, mejor que se traiga su LP y le pongan un tocadiscos. Total, a los fans no les importa, la orquesta no se quema y la gente no queda con una mala imagen de ella solo porque no puede (o no quiere) pagar la entrada de las noches de gala.

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