Antes de probar el Matcha

En ocasiones me gusta experimentar con los sabores, en otras muchas tantas ocasiones, soy bastante clásica o rutinaria con mis elecciones. Ir a las cafeterías, bares, restaurantes y pedir lo de siempre, a menos que me sienta aventurera y pregunte por la recomendación.

Entre las novedades, siempre están el té Matcha y el Taro (que suenan como personajes de caricatura japonesa).

Hay que renovarse o morir, es el motto y la agilidad con la que se tienen que mover los negocios; y es por eso todas las cafeterías que quieran figurar en los paladares y las tardes de los sibaritas (incluidas las más avant garde de Peñasco), traen a los nuevos santitos Matcha y Taro, tan de moda, figurando en las marquesinas.

Y que, rayando en estar so out, ni sabía que eran, y siempre me habían llamado la atención.

Entonces ocurrió el milagro. Silvia, mi amiga eterna, acaba de abrir una cafetería: La Criolla (en Cuernavaca, en avenida San Diego, para los que me leen por el rumbo). Otra sorpresa fue que ahí también estaba Marroncita (mi otra gran amiga del mismo grupito preparatoriano) y ese encuentro alargó la tarde, hasta un poco más allá de la hora del cierre, con bebidas una tras otra. Llegaría el momento de ponernos de espíritu degustativo.

El lugar está agradable, el local muy mono, una carta atractiva y los precios bastante asequibles (bueno, a mí me lo parecieron). Obvio que, si están mis amigas, mucho mejor. Estuve varias veces ahí, que casi sentí que me convertía en mueble (de no ser que me quedaba algo lejos).

—Pide lo que quieras probar— me dijo Silvia en ese momento de infantil ociosidad culinaria.

Me llamaron la atención, el Choco-bombón, una cosa que se llama algodón de nuez y obvio tienen todos los cafés iguales de todos lados (frappés, cappuccinos, lattes saborizados, americanos, expresos, French press, chais…)

Y vi  el “matcha” en su menú . Famoso, hipster, chic, distinguido, multi instagrameado, multi laureado y nombrado. Hasta recetas de pastelitos hay con esa madre. La curiosidad pudo más que cualquier antojo y, si la cosa era experimentar, pues venga, probaré el matcha.

—¿Cómo lo tomas?

Esa pregunta me agarró muy en curva. Lo bueno es que estábamos entre amigas.

—¿Pues cómo se toma? —respondí reconociendo mi ignorancia en ese tema recién explorando.

—Con leche, azúcar… Pues como tomes el té, según — me preguntaron con aires elegantes y quise estar a la altura.

—Pues yo el té lo tomo solo.

—Pues, solo será.

Y así fue. Calentaron agua, le echaron el matcha verde pasto,de una bolsita que rezaba que era natural y orgánico, (supuse sin azúcar, ni gluten, ni lactosa, ni soja, ni saborizantes ni nada; es más, ni advertencia traía).  Entonces el líquido adquirió un color verde espeso. El aroma que despedía aquel brebaje, de vista ya poco suculento, se me hacía vagamente familiar, pero no lograba ubicarlo con claridad.

Yo no sabía nada del té en cuestión. Obvio, no sabía a que sabría, sin embargo tampoco me esperaba el sabor que me asaltó. Hice gestos, y me preguntaron si quería azúcar, leche, miel, algún saborizante… una cubeta…

En mi cabeza, con el aroma y el sabor, era como uno de esos acertijos visuales en los que tienes que mover a la izquierda o a la derecha para concordar la cara con el cuerpo y las piernas. Hasta que después del tercer trago, la tercera parte llegó y se completó el rompecabezas.

Sabía a sopa de espinaca sin Knorr Suiza.

Una vez llegada a esa conclusión, mi cerebro registró la contradicción. Me estaba tomando una taza caliente de espinacas molidas con agua, en lugar de tomar café y cositas bonitas que se toman en una cafetería (y no en una juguería posh).

Después encontraron otro polvito, de un color más claro (un verde pastel), de una bolsa de aspecto más atractivo y comercial; sobre todo, que despedía el satisfactorio aroma a caramelo. Leí los ingredientes ((en esta sí se leía la dichosa advertencia de la soya, la lactosa y no sé cuanta cosa más), e incluía de todo, para hacer que tus papilas gustativas iniciaran su ritual de bebida feliz, (porque no a todos les gusta la ensalada cuando se espera un buen postre).

Lo probé y sabía… bueno (llano, sin más), pasable y sin nada que hiciera sobresaltarme y decir «eso es lo que yo estaba buscando en la vida para sentirme en el nirvana de la “hípstenitud” (plenitud hípster)». No sabía a nada más que azúcar, almíbares y jarabes con aroma a té verde. Bien pudo haber sido un chai, pero sin clavo, ni vainilla. Así que chiste.

Obvio, caí en el purismo y dije que eso ya no es matcha, pues ¿dónde quedaba la sensación de estar comiendo una sana espinaca? Por lo menos para engañar tantito al cerebro, (o como se dice coloquialmente, para hacernos tantito pendejos).

Estimados lectores, ya están advertidos para que tomen sus decisiones con sabiduría. Pero una de las mejores recomendaciones que les puedo dar, siempre tengan a una amistad con cafetería. Y muy importante, que la conserven (ustedes a la amistad… y que la amistad conserve la cafetería).

En lo personal, llegué a la conclusión de que el matcha está sobrevalorado. Dejé la taza de lado, y me pedí un french press  como los cánones mandan.

 

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